Un paseo por Ben Nevis. Dorada y con un punto final de amargor más que interesante. Burbuja fresca, fácil. Heno cortado. Alegre, sofisticada (sí, pese lo resobado del adjetivo casi ochentero), con su puntito gafapasta...pero sin exagerar, oiga.
7/12/16
27/9/16
27/8/16
El Relato del 27: Tiempo de dudas
Sé que
me observáis. Que analizáis cada uno de mis movimientos. Sé que grabáis mis
palabras, que estudiáis los tonos y también las pausas que las encadenan. Que
incluso, de alguna manera que desconozco, os adentráis en mis pensamientos.
Aquí dentro, un zumbido me impide pensar con nitidez. Lo percibo más con el
cerebro que con los oídos. Quizás por ello no consigue disimular algunas de las
voces que esporádicamente se escuchan. Me aletarga, a pesar de ser intenso e
irregular. Por el contrario, la luz es continua. Luz...continua. Luz,
continua...blanca. Luz, continua, blanca...cegadora. Me gustaba jugar a aquello
con mi hermano pequeño, aunque el pobre se rendía normalmente antes del noveno
adjetivo. Sé que jamás volveré a verlo. ¿Estará en estos momentos en la
panadería? Ignoro si seguirán existiendo aquel cuándo y aquel dónde. Quedan tan
lejanos...De cómo he llegado hasta este lugar, no tengo ninguna duda. Encerrar
a un tipo confundido y errante como yo no parece difícil. Me veis como un loco.
Me confundís con un loco. Y la locura puede ser contagiosa, sobre todo, en
tiempos difíciles.
Cuántos
de aquellos locos no lo habían sido en realidad, nadie lo sabría. No me refiero
a los que salían en los sucesos del periódico, ni a los que tantas veces
abrieron el telediario. Hablo de locos cotidianos e inocentes, sin crímenes que
moldear entre sus manos. De locos oficiales y no sólo oficiosos. Del anciano
que relataba con fervor cómo había vencido en Trafalgar a unos estirados
ingleses. De la mujer con las manos empapadas que cada lunes, puntualmente,
daba las gracias por haber escapado de la malvada sota de bastos. Ahora me he
convertido en uno de ellos. En el hombre que cuenta que vino del pasado, el que
se durmió una noche cualquiera para despertar muchos años después. ¿Cincuenta?
¿Sesenta? Los pocos días que vagué ahí afuera apenas me dieron información al
respecto. Podrían haber transcurrido treinta, cien, o trescientos. Una
tranquilidad infantil me embargó cuando comprobé que seguía en San Sebastián:
la silueta de aquel mordisco de mar, custodiado por Santa Clara, era
inconfundible. El aire era más ácido, y podía sentir cómo, muy lentamente,
resecaba mis ojos y curtía mi garganta. La luz diurna era anaranjada, como
estancada en un eterno atardecer. De alguna manera, poseía cierta belleza. De
noche, todo era oscuridad absoluta: ni faros, ni luna, ni estrellas.
En
aquellos tres días, apenas me crucé con una veintena de personas, lo que me
hizo intuir pasos interiores entre edificios colindantes, así como túneles subterráneos
entre los distintos bloques. Cómo habían conseguido que no se les inundaran,
era un misterio para mí. En los muros no había puertas, y jamás llegué a
adivinar cómo penetrar en los inmuebles. Detrás de los grandes ventanales, la
mayoría enmarcados en verde, blanco o azul, se veían miradas tristes, todas
ellas en rostros uniformemente juveniles. Me observaban con curiosidad, tanto
las almas enclaustradas como las pocas que deambulaban por el exterior. No
conseguí extraerles ninguna respuesta, ningún movimiento que confirmara o
negara mis hipótesis convertidas en preguntas. Mi fallida curiosidad se
entremezclaba con la suya, sordomuda y con porte de vigía. Vestían con jirones
de antiguas prendas, que, remendados, formaban algo parecido a túnicas: una amalgama
de pana, cuero, lana, nylon y seda. Ni rastro de la moda que la ciencia ficción
y las pasarelas habían creído anticipar.
Durante
aquellas interminables jornadas no comí nada, vagabundeando en busca de
referencias con las que tranquilizar mi mente. Encontré calles y avenidas allí
donde las recordaba, invadidas por malas hierbas que brotaban de entre el
agrietado asfalto. En cambio, las estatuas que adornaban cada parque, cruce o
rotonda habían escapado de aquel paisaje inanimado. En cuanto a los edificios,
pude reconocerlos en su mayoría, a pesar de la generalizada decrepitud que se
había adueñado de la ciudad. Sin embargo, habían desaparecido todos los
oficiales, orgullo de la vieja Donostia, así como catedrales e iglesias. Allí
donde antaño se habían alzado, tan sólo pude ver solares cubiertos de arena,
delimitados por verjas oxidadas. Cuando llegué al barrio de Zubieta, sobre un
enorme borrón de cemento y cal, el metálico 17 seguía marcando lo que había
sido mi hogar. Noté una punzada en el corazón, acompañada de un golpe seco.
Deduzco
que soy un delirio peligroso para vosotros. Cerrar los ojos una noche de 1994 y
abrirlos una mañana de algún siglo posterior, escapa a vuestra razón. O,
quizás, simplemente no encaja en vuestro sistema. La posibilidad de un paseo a
través del tiempo, aun de manera involuntaria, tiene que haber incomodado a
alguien. Comienzo a pensar como aquellos dementes: teorías de extrañas
conspiraciones y manías persecutorias. Tal vez, el viejo mercenario o la
lunática de la baraja no estaban tan locos. Me asusta pensar que, tal vez,
nunca existieron.
Nineteen Eighty-Four by George Orwell, design by gray318
27/6/16
El Relato del 27: Blanca noche jerezana
Acostado, me gusta mirarla en
noches como esta. La pálida tierra me abraza, y sonrío pensando en los incontables
fragmentos que quedarán, minúsculos, adheridos a mis ropas. La claridad tizna
de plata las hojas que, mecidas por una brisa salina, me devuelven el eco de
lejanas palabras:
– Tu colegio, la casa, el
viñedo... Todo esto era mar hasta que, hace muchos años, cayó un trocito de
luna y entonces adivinó que, aquí sí, podría dar vida –dijo el abuelo al nieto.
Con su grave voz, el anciano acostumbraba a narrar fantasías mientras,
pacientemente, pelaba manzanas, abría un melón o troceaba una sandía. Después,
mojaba el último pedazo en su copa y, con un guiño lleno de complicidad, lo
deslizaba entre mis dedos. En mi boca, una intensa y adulta punzada de hierba y
frutos secos se entremezclaba con la dulce textura de la fruta.
Ahora es mi padre quien, con
disimulo, hace llegar a Sara el postre humedecido en vino de Jerez. Yo finjo no
enterarme, tratando de imitar aquellos rostros sin arrugas que seguían hablando
de sol, racimos y mosto.
Miro al cielo y pienso que pocas cosas han cambiado en este trocito de luna.
27/5/16
El Relato del 27: Olas
-Es
imposible que recuerdes algo así. Ni siquiera sabes de lo que hablas- sentencia
mi hermano.
Mamá
abraza mis hombros con cariño, y percibo que asiente con la cabeza. Mi padre,
que sale en ese momento a la terraza con la sopera, murmura algo ininteligible
y probablemente también asiente, envuelto por una vaporosa nube de calabaza,
clavo y nata. Incluso la vieja Duna, la que por tantos caminos me ha guiado,
parece confirmar con un aullido lastimero sus palabras. La brisa trae
repentinamente una delicada esencia de mar.
Cuando
los pies se detuvieron, aquellas dos manchas de color, redondas y con borde de
suave seda, desaparecieron engullidas por mi oscuridad.
Sonrío
a mi hermano mientras acaricio las manos de mi madre. Un golpe de viento,
rotundo y poderoso, nos sumerge de nuevo en aromas de olas, algas y sal.
Sentado
en un banco de madera, tranquilizo a mi joven labrador, inquieta ante el
estruendo de aquella horrible banda. Alquilar un patio junto a la playa para la
fiesta de fin de estudios ha sido una buena idea. Con suerte, Pablo y los suyos
se harán pronto con el escenario y volveremos a disfrutar de la música.
Expira
el ruido de las guitarras y decenas de voces se apelmazan en el aire. Un sinfín
de pies se dirigen al trote hacia los tablones que, sobre unos caballetes,
hacen de barra. Pasan quince minutos, y las cuerdas de Pablo acompañan a Laura,
que comienza a entonar "Blue Moon".
Le siguen unos cuantos clásicos, aunque pocas pisadas retumban en la pista. Las
olas mecen aquel jazz prácticamente olvidado y lo adornan con su fragancia, que
se adueña de la pista casi vacía.
Mi
perra se alza y noto un golpe en mi hombro, casi una caricia.
-¿Quieres
bailar?- pregunta una voz que reconozco como la de Alicia.
Me
levanto sin decir nada. No es necesario atar a Duna, no se moverá de ahí. Una
mano fría me agarra, y nos alejamos despacio. Deduzco que salimos del patio,
aunque seguimos lo suficientemente cerca para escuchar los inicios de "Cheek to cheek".
-Es la
última. Pablo y Laura siempre acaban con ésta-.
Alicia
no dice nada. Cuando termina la canción, seguimos bailando en silencio. En este
recodo de arena, entre la playa y los muros encalados del patio, el espíritu
del mar excita los sentidos con mayor intensidad. Entonces aparecen dos manchas
redondas, con borde de suave seda, que, por sorpresa, no son oscuras como
el resto del universo. Primero, diminutas como la cabeza de un alfiler. Poco a
poco, se engrandecen, hasta adquirir el tamaño de una moneda de peseta. Me río
nervioso, mientras mis pies siguen el compás de los de Alicia. ¿Tienen...color?
¿Manchas de color?¿No simples destellos?
-Alicia...tus
ojos...¿son de agua?
-¿Cómo?
-Tus
ojos...son de agua, ¿verdad?
-Sí...son
de agua- susurra varios segundos después, mientras su cabeza sigue apoyada en mi
pecho.
28/4/16
27/3/16
El Relato del 27: El prisionero
-¡Fuego!
La voz
del coronel acostumbraba a retumbar cuando alguna orden huía de su garganta.
Esta vez quedó amortiguada en el mismo instante en el que, al unísono, tronaron
cuatro fusiles. El estruendo de las armas sí resonó en nuestros oídos, ahogando
el sonido del cuerpo que, a plomo, cayó sobre la hierba mojada.
Durante
más de tres meses, yo había estado vigilándolo. Pero no sólo fui su carcelero:
limpiaba sus heridas, vendándolas mañana y noche, cocinaba para él y,
durante sus paseos matinales, me encargaba de adecentar el barracón que era su
celda. Era yo quien retiraba cada ocho o nueve días los libros leídos, y quien
seleccionaba los que podía leer. Mientras tanto, él se mostraba sereno y
educado en todo momento. Tan sólo en una ocasión le vi perder la compostura: la
tercera semana, cuando confundí su libro de notas con el viejo Robinson Crusoe del coronel. Ante mi
asombro, un certero y violento golpe en la muñeca me hizo soltarlo. Su rostro
estaba encendido como las brasas. El mío no tardó en sonrojarse.
"[...sin saberlo. Esta mañana me sorprendió con
Waverley y El Libro de Apuntes de Geoffrey Crayon, y escapó de la estancia
escoltado por Gulliver y Robinson. Tuve que mostrarme severo con él, debido a
una incómoda distracción que hubiera supuesto la pérdida de mi más preciado
tesoro (en caso de salir vivo de aquí, mis anotaciones nos ayudarán en la zona
montañosa). Sólo cambió el color de su tez, persistiendo el desánimo perpetuo
en su mirada. Mañana me disculparé por mi arrebato. ¿Qué clase de ejército de
niños nos han puesto enfrente? Algunas noches lo he escuchado llorar tras el
grueso portón. No creo que tarden en enviarlo a casa o a la muerte. En cuanto a
sus superiores, la mayoría sigue tratándome con respeto, y dispongo ciertos
privilegios materiales y de actuación, de acuerdo al rango que saben que
ostento. He podido...]".
Con el
cuello ensangrentado y vendajes amarillentos y rosáceos por todo el cuerpo. Así
apareció por primera vez en el campamento. La manta que cubría su torso estaba
llena de agujeros, barro y hierbajos de los que se adhieren a la ropa e irritan
la piel. No sé cuántos bichos morirían cuando quemamos aquellos harapos, aunque
imagino que no fueron pocos. Nuestro coronel lo recibió con aires marciales y
el uniforme de gala. Fue entonces cuando deduje que se trataba de alguien
importante, a pesar de su lamentable aspecto. Con evidentes gestos de dolor, el
recién llegado se cuadró, devolviendo el saludo militar. No volví a cruzármelo
hasta la mañana siguiente. Vestía uno de nuestros uniformes, aunque desprovisto
de nuestra bandera y sin ningún tipo de galones. Un gesto más que delataba su
posición en el ejército enemigo. Mostraba una horrible herida abierta en el
mentón y cojeaba notablemente, pero su aspecto ya no hacía pensar en un próximo
entierro. La sensación de cansancio se entremezclaba con una sobria elegancia
que se adivinaba innata.
"[...reír. A lo largo de estas semanas lo he ido
conociendo. Es mucho mayor de lo que aparenta, lo cual ha tranquilizado mi
conciencia (aunque jocosamente sigo refiriéndome a él como niño carcelero).
Algunos días jugamos al ajedrez, y en mi tablero imaginario queda reflejada una
personalidad algo anárquica, que le obliga a alternar jugadas casi suicidas con
defensas extremas de sus piezas más valiosas. Pese a que pueda sonar extraño,
creo que me he convertido en su cordón umbilical con la vida; la auténtica, la
que está ahí fuera. Me ha preguntado por nuestras ciudades, nuestros libros,
nuestro gobierno. Tras...]".
Pasaba
la mayor parte de su tiempo tumbado en la cama, sonriente y con los ojos
abiertos. No parecía ni tan siquiera sentirse preso. Miraba el techo de madera,
aunque es evidente que no es lo que veía. Allí dibujaba sus estrategias, sus
deseos, sus sueños...quizás también a su familia. ¿Estaba casado, tenía hijos?
Nada habló de su vida familiar. Su imaginación también trazaba cuadros blancos
y negros sobre las bastas vigas, donde rabiosos peones saqueaban altas torres y
el rey devoraba caballos sin cesar.
"[...desde dentro. Las conversaciones con el niño
carcelero se están convirtiendo en parte de mi rutina. Cada día, tras el
almuerzo, dedicamos algo más de una hora a divagar sobre la vida. Al principio
era esquivo a cualquier charla pero, poco a poco, he conseguido que vaya abriéndose
a mi voz. Realmente, las diferencias en nuestro modo de pensar responden más a
razones de edad que de bando. Creo que la presencia de una barrera física en
forma de pared le permite bajar la guardia y hablar con mayor sinceridad. No
hay miedo en sus reflexiones, sólo tristeza y añoranza. No sé cuánto tardará en
rechazar su uniforme, si la guadaña no se lo impide. Asimismo,...]".
El
interior de la celda transmitía una extraña sensación de tranquilidad. En el
polvoriento piso, junto a la entrada, reposaban los libros que semanas antes le
había llevado. A estos tres volúmenes se les sumaba otro ejemplar, que
permanecía con humilde dignidad sobre ellos. El aire olía a tierra húmeda, a
humo, a sudor. Ante mis ojos, el techo volvía a ser lo que siempre había sido,
y entre sus huecos, densas telarañas esperaban la perdición de algún insecto
despistado. La cama era demasiado dura, y pude notar cómo las briznas secas,
apelmazadas bajo la tela que hacía de sábana, punzaban toda mi piel. Entonces,
quise dibujar una reina. Cuando escuché el primer aviso de corneta, logré ver
cómo una hermosa mariposa se enredaba entre los grises hilos. Raudo, me puse
las botas y corrí hacia el exterior.
-¡Carguen!-
bramó el coronel luciendo de nuevo su uniforme de gala.
Aquel
día, los preparativos en el campamento se sucedían con un ritmo incansable, y
hacía un rato que la corneta había sonado por tercera y última vez. La lluvia
caía sin ninguna consideración y de su uniforme escurría un agua sucia. La
bolsa de arpillera, jaspeada de manchas oscuras, cubría su cabeza, mientras una
gruesa soga le tensaba los brazos hacia atrás, clavándose en sus muñecas.
"[...
supe que dentro de cinco días seré
ejecutado. Me han convertido en una cifra para futuros tratados de Historia,
para placas de bronce en cada centenario, para monolitos de granito. ¿Ha tenido
sentido todo esto? No lo sé. Probablemente, ni siquiera el tiempo, cuando ni
ganadores ni perdedores dicten ya las leyes, será capaz de responder.]".
-¡Apunten!
Me
encontré como el hombre que, ateo por convicción, es obligado a ejercer de
testigo en sagrada ceremonia. El sacrificio del enemigo, su muerte por tu
vida. Un ritual transmitido de padres a hijos, y que resultaba totalmente ajeno
a mi persona. Ni orgullo ni rabia. Tampoco sentí pena por él. No la merecía,
tenía el aspecto de haber elegido su vida. La fría lluvia se apropió del humo
y, con delicadeza, lavó la sangre de la hierba.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


